La jaula

La jaula
por la emancipación de los pueblos
Affichage des articles dont le libellé est descubrimiento de América. Afficher tous les articles
Affichage des articles dont le libellé est descubrimiento de América. Afficher tous les articles

dimanche 10 octobre 2021

Violencia sexual contra las mujeres indígenas en la conquista del Nuevo Mundo.

 


Este artículo lo quiero dedicar a las mujeres del pueblo Triqui de Oaxaca-México que después de 529 años siguen sufriendo tantos abusos e iniquidades.

Como es de suponer en este arriesgado viaje trasatlántico a las Indias  solo embarcaban hombres; eso si los hombres más rudos y aguerridos – en general delincuentes condenados a redimir sus penas allende los mares , también moriscos, judíos fugitivos, reos liberados, aventureros, veteranos de los Tercios de Flandes, es decir, machos de pelo en pecho dispuestos a arriesgar sus vidas en una travesía que muchas veces terminaba en tragedia.  Era preferible acometer los mil y un peligros de desafiar el mar de los Sargazos antes que seguir soportando el vil vasallaje que los condenaba a ser siervos o don nadies en la península. La España medieval de esa época ofrecía tres opciones “iglesia, mar o casa real” caminos mediante los cuales se podría ascender social y económicamente para aquellos que no podían comprar de manera honrosa  señoríos o altos cargos.

 La conquista y colonización de las Indias la hicieron hombres (con la excepción de un número reducido de mujeres) A estos hombres solitarios para calmar sus instintos básicos no les quedó más remedio que “relacionarse” o “unirse” con las nativas. No por devoción sino por obligación ¿Quizás las cortejaron con poesías? ¿las enamoraron regalándole flores? ¿acaso hablaban su misma  lengua?  ¿Las consideraron sus legítimas esposas o simplemente objetos del placer? Estamos ante unas relaciones completamente desiguales entre unos seres sobrenaturales ¿dioses? y unas indígenas que asustadas tuvieron que someterse a la fuerza. Y los muy perversos y degenerados llaman a esto “encuentro”. Sus mercedes se reservaban los mejores harenes de concubinas y barraganas para fornicar a su libre albedrío. La poligamia dominaba el medio ambiente de la sociedad colonial.  El imperio español exhibe el mito del mestizaje como la prueba más fecunda de que hace 529 años se produjo un “encuentro fraterno y amoroso” Pero lo cierto es que ese mestizaje fue fruto de la imposición de los vencedores sobre los vencidos.  

Entre los aventureros que se embarcaron con Colón se encontraba el genovés Miguel de Cuneo quien en una carta que le envío a su amigo Gerolamo Annari de Savona, le refiere lo que aconteció en una isla grande poblada de caníbales -probablemente Juana (Cuba) o Jamaica 

“Nos apoderamos de doce mujeres harto hermosas y harto de carnes entre edades de quince y diez y siete años…” Cuneo relata sin miramientos cómo violó a una de esas jóvenes que el Almirante Colón le había regalado:

“La cual, teniéndola yo en mi cámara, a bordo de la carabela, desnuda, según es costumbre de estas mujeres naturales, me vino el deseo de solazarme con ella, y deseando poner en ejecución mi deseo, y no admitiéndolo ella, me trató de tal manera con sus uñas, que más me conviniera  haber comenzado; visto lo cual, si he de deciros verdad, tomé una cuerda y la até fuertemente, de resultas de lo cual daba gritos increíbles. Por fin nos pusimos de acuerdo, de tal suerte, que puedo aseguraros de que en cuanto a los hechos, parecía amaestrada en una escuela de rameras” Este es el primer relato de una violación en el Nuevo Mundo y una prueba más de cómo se aprovecharon los europeos de su condición de “dioses” 

El primer prostíbulo del Nuevo Mundo se fundó en Santo Domingo en 1526 -con el beneplácito del rey Carlos I- para atender la “soledad” de aquellos navegantes y marineros  que solícitos demandaban la compañía de una moza que consolara sus cuitas de amor.  Tras sortear la larga travesía interoceánica era necesario recompensar a los intrépidos aventureros. “Se hartaban de licores y sin ningún pudor mancillaban doncellas y mozas a su libre albedrio” 

Ahora se intentan ocultar tan inmundos crímenes de abusos sexuales contra las mujeres, niñas, jóvenes, mujeres maduras y hasta ancianas.  ¿Que podían hacer las aborígenes intimidadas con alabardas, arcabuces, armas blancas y perros rabiosos? El cuerpo de las mujeres indígenas como botín de guerra. Nunca se hablará de violaciones sino de “uniones amorosas bendecidas por la santa madre iglesia” Porque hasta los mismos clérigos y misioneros se dejaron arrastrar por las tentaciones de la carne y olvidaron por completo los votos de castidad. El confesionario y la sacristía eran los sitios más peligrosos donde los lobos en celo emboscaban a las inocentes criaturas. Así se cumple al pie de la letra ese célebre refrán castellano que dice: “nunca digas de esta agua no beberé, ni este cura no es mi padre” Las monjas como no eran de piedra pues evidentemente se revolcaban en sus celdas con el fraile confesor o algún sacristán. Así lo demuestran los fetos y abortos que se encontraron emparedados en infinidad de iglesias y conventos de las órdenes religiosas a lo largo y ancho del Nuevo Mundo. Por ejemplo, en cuevas o túneles bajo en las iglesias de Mérida enterraban su “pecado” (con sacerdotes de la época) o en el convento de Santa Mónica en Puebla

Esos verracos fornicadores cristianos violaron y abusaron a nuestras madres, hijas y hermanas, estos estupradores y pedófilos cometieron abominables crímenes contra niños y jóvenes.  Algo que no nos debe de extrañar pues esto sigue aconteciendo hasta nuestros días en las órdenes religiosas, en las escuelas y hasta en el mismísimo Vaticano. Pero si no hay más que ver el criminal comportamiento del Superior General de la Legión de Cristo, Marcial Maciel, que bajo bendición papal consumo la violación y abusos sexuales de cientos de niños y jóvenes.

¿Alguna mujer indígena habría sido capaz de denunciar los abusos y violaciones? Imposible pues eran consideradas subnormales sin voz ni voto. ¿y además quién les iba a creer?  Sus alegatos, si se produjeran,  serían vistos como falsos testimonios levantados contra respetables militares, encomenderos, hidalgos o frailes doctrineros y por lo tanto podrían sufrir espantosas represalias. ¿Cuántas violaciones, cuantos abusos sexuales, cuantos feminicidios se cometieron ? Imposible de calcular pero a ciencia cierta se cuentan por millones. Bajo coacción ocultaban y callaban las infamias de las que fueron víctimas.  Tan solo podían consolarse encendiendo cirios en los altares y rezando el santo rosario para rogar al altísimo por la salvación de sus almas. “por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa...”  Confesándose ante los frailes y sacerdotes con la intención de desahogar su terrible amargura. -Acúseme, padre, me he quedado embarazada y no sé de quién. –“¡India descarriada! Ego te absolvo a peccatis tuis, in nomine Patris et Filli et Spiritus Sancti. Amén.”   Ahora al menos alcanzaría la gloria del paraíso en el cielo porque la tierra se había convertido en un infierno.  

Claro, las mujeres eran la encarnación del pecado tal y como está escrito en el Antiguo Testamento. Eva fue la directa culpable de la expulsión del paraíso terrenal pues engañada por la serpiente comió la manzana prohibida. “¡Hijos míos! la tentación de la carne. Ora pro nobis”  Se mezcló violentamente la sangre del bárbaro verdugo con la del siervo y el esclavo; la sangre de los vencedores y vencidos que dio fruto al mestizaje forzado (tara que permanece en el inconsciente colectivo). ¿Cómo se pueden justificar esos actos de violencia sexual de los conquistadores que sometían a unas indígenas que actuaban con inocencia e ingenuidad?  Sus cuerpos mancillados por esas bestias insaciables que las sometían a las más perversas prácticas sadomasoquistas. Definitivamente el sexo como instrumento de coerción y avasallamiento.  Así se gestó la dictadura misógina patriarcal que impera hasta el presente.

Si hoy los gobiernos democráticos persiguen policial y judicialmente los abusos sexuales, violaciones o feminicidios, pero en el virreinato era impensable que fueran a detener a capitanes, hidalgos o autoridades eclesiásticas pues gozaban de la más absoluta impunidad.

El sádico y pervertido de Hernán Cortés haciendo valer su de prevalencia y superioridad raptaba mujeres indígenas, niñas, adolescentes y hasta  madres embarazadas  a las que poseía o violaba en sus orgiásticas bacanales. Su harén de “rameras” siempre estaba bien abastecido. 

Uno de los pecados más aborrecible y que atentaba contra la ética y la moral cristiana eran los usos y costumbres  sexuales antinatura que practicaban algunos pueblos y tribus indígenas como, por ejemplo, la cultura Moche, los Chibchas, los Caribes, los Mayas o Aztecas que disfrutaban de una amplia libertad sexual. Así lo describen las innumerables representaciones eróticas materializadas en esculturas o en la alfarería donde sobraban símbolos fálicos o vaginales. Donde se exaltaban las relaciones sodomíticas, la homosexualidad o el lesbianismo. Y hasta existía un kamasutra Mochica en el Perú. Las fiestas orgiásticas y ceremoniales usaban alucinógenos o se emborrachaban con el pulque o la chicha. Tlazoltéotl era la diosa Azteca de la fertilidad, lujuria, carnalidad a la que se le ofrecían grandes presentes y regalos.   Moctezuma y Netzahualcóyotl tuvieron hasta dos mil concubinas a su servicio. A la vista de la moral cristiana  se les califico de fornicadores pervertidos,  viciosos, libertinos, lujuriosos más próximos a la animalidad,  inclinados por su raza a la poligamia, infidelidades o el adulterio. 

Pecados mortales que los inquisidores, como guardianes de la ortodoxia,  calificaron de aborrecibles y satánicos. Los culpables de tantas “atrocidades” fueron condenados a torturas, amputaciones, castraciones y finalmente ejecutados en el garrote vil o en las hogueras purificadoras.

Los españoles son considerados por sus enemigos (pueblos anglosajones)  como semitas moros y judíos conversos de impureza racial. Los despreciaban por haber mezclado su sangre con razas  y ensuciando el sustrato ario superior por antonomasia. El español pertenece a una raza que ha degenerado el pedigrí. Lutero odiaba de forma cruel a los españoles a los que definían como “marranos y mamelucos que han robado las riquezas de Alemania.  ¡malditos de Dios, simiente de judíos, moros y herejes y hez (escoria) del mundo! 

Aparentemente los castellanos tenían menos prejuicios raciales que otras naciones europeas más reticentes a mezclarse con las paganas “razas inferiores”. En 1503 la reina Isabel la Católica reclamó al gobernador de la Española Nicolás de Ovando, que fomentara los matrimonios mixtos “que son legítimos y recomendables porque los indios son vasallos libres de la Corona Española” Coaccionados, esos si,  para que mantuvieran relaciones sexuales (“violaciones consentidas”) y encima amancebarse con varias mujeres y apropiárselas por puro placer de fornicar (la poligamia es condenada por la iglesia católica) En 1514 una Real Cédula de Fernando el Católico legalizaba las uniones mixtas entre varones castellanos y mujeres indígenas como la mejor forma de conversión e hispanización. Algo que describen muy bien las pinturas de las castas de los artistas novohispanos Miguel Cabrera y José Joaquín Magón (siglo XVIII) que con lupa de entomólogos retratan a la perfección cual es el resultado los distintos  cruces raciales entre españoles, indios y negros y las notables mutaciones o híbridos donde la pureza del “blanco” o español (a quienes los arios europeos criticaban por ser “marranos” o una raza impura mezcla de sarracenos y judíos)  ocupaba y ocupa la cúspide de la pirámide social. En general son obras cargadas de racismo y consideraciones morales: el negro es “un vago, perezoso y ladrón”, el lobo “mala ralea”, o el tente en el aire “injerto malo”, los indígenas “ignorantes, sucios y mentirosos”, el cholo (fruto de la unión entre mestizos e indígenas) “perro bellaco”, el mulato que hace referencia a la mula, producto del cruce entre un caballo/yegua y un burro/a (el resultado de este mestizaje era mejor que ser un burro) los mulatos en su mayoría fueron producto de abusos sexuales donde los esclavizadores o capataces violaban a las mujeres negras.  Desde la época colonial se ha santificado el supremacismo blanco mientras se ha estigmatizado a las castas de mestizos, indígenas, negros, cimarrones, zambos, mulatos que  por su falta de rancio abolengo o pedigrí se les considera de baja ralea.

Por su extravertida sexualidad las mujeres indígenas, no poco ardientes en lujuria especialmente en la zona tropical,  fueron calificadas por los europeos como “libertinas y licenciosas”. Mujeres vírgenes a la que había que desflorar y violentar, pues tenia un fuerte atractivo sexual para aquellos aventureros expuestos a largas travesías marítimas y penosos intervalos de abstinencia.  Ávidos por desahogar sus instintos básicos con  indias de exótica belleza y cuerpos desnudos (algo nunca visto por los cristianos) Los perfumes de las fragantes flores, el sabor de las frutas que los trasladaban al paraíso hedónico pagano donde podían hacer realidad las más perversas fantasías.   Uno de los trofeos de guerra mas codiciados para la joven soldadesca que no solo ambicionaban oro, plata o esmeraldas sino también indias hermosas.  El Nuevo Mundo se representó en sentido femenino con el nombre de América. 

Las indígenas a parte de soportar tantos abusos sexuales y violaciones quedaron expuestas a las enfermedades venéreas como la sífilis o la gonorrea que les transmitieron los libidinosos conquistadores. Epidemias que desde el medioevo arrasaron Europa y que ahora diezmaban a las Indias.  Nunca antes en la historia de la humanidad se había visto una aniquilación tan masiva de un continente por causas de virus desconocidos. Lo que las armas de los conquistadores jamás hubieran podido lograr y que redujo en un 80% la población indígena de América.  La sífilis estaba presente en Europa antes de que Colón volviera de su primer viaje.  Como lo demuestran las excavaciones arqueológicas en el puerto de Kingston upon Hull donde se recogieron muestras de los esqueletos de varones allí inhumados entre 1300 y 1450 y que confirmaban que tenían signos evidentes de esa enfermedad de transmisión sexual. Un castigo divino que se curaba a base de oraciones, flagelaciones y la castidad. Las mortificaciones corporales atenuaban la libido. Algo que desgraciadamente pocos castellanos supieron cumplir disciplinadamente. 

Las mujeres hispanas (ejemplo de honra, honor y castidad) consideraban una aberración  acostarse voluntariamente con un nativo indígena o un negro o cualquier casta despreciable. Para una mujer “blanca”, católica, apostólica y romana (y su familia) era un pecado imperdonable tener relaciones sexuales con las “razas inferiores”. Y si por algún motivo hubiese sido forzada debería cargar de por vida con ese estigma de prostituta. El fruto de esa relación es un bastardo o hijo natural al que generalmente se dejaba en adopción en los conventos. Si  una mujer española  pretendía amancebarse con un gentil o converso indiano no le quedaba más remedio que auto desterrarse.   ¿Acaso alguna española se casó con un indígena o un negro?  No seamos ilusos, en esa época los prejuicios religiosos y raciales impedían cualquier unión antinatura que sería vista por la sociedad colonial y las autoridades eclesiásticas como una blasfemia inaceptable. Solo a escondidas o clandestinamente se dieron casos excepcionales que han sido novelados o pertenecen al ámbito de las leyendas.

Las élites españolas no se mezclaban con otras razas impuras pues tenían que mantener impoluto su rancio abolengo. Por lo tanto, predominaban los matrimonios consanguíneos para preservar su linaje de familias ilustres y honestas. Mestizos y mulatos libres se unían con los colonos españoles pobres para procurarse el ascenso social. Y en el afán de tener acceso a tierras indígenas, algunos españoles también realizaron estos matrimonios de conveniencia.   La sociedad colonial era supremamente endogámica y muy estratificada pues se le daba bastante importancia a la posición social.

En el periodo colonial se instituyo en los dominios de la corona  el Derecho de Pernada que otorgaba a los hacendados y terratenientes la potestad de violar a las siervas indígenas o campesinas como parte del derecho consuetudinario informal tolerado por las autoridades. Una ley no escrita que debían acatar los padres, esposos y la comunidad. 

Paradójicamente el violador,  estuprador y pederasta  Hernán Cortés es considerado el padre del mestizaje en México pues fruto de su amancebamiento con su esclava y  traductora  la Malinche, bautizada como doña Marina  (indígena Nahua regalada a Hernán Cortés por los maya-chontales después de su derrota en la batalla de Centla) concibió en turbulentas circunstancias un hijo de nombre Martín Cortés (“el bastardo mestizo”) Después indecibles avatares jurídicos en 1528 fue declarado su hijo legitimo por Bula Papal de Clemente VII. Muchos padres de mestizos pagaban a la administración para que sus hijos apareciesen en las actas de nacimiento como “españoles” también los funcionarios se podían comparar por una buena suma de maravedíes para que expidieran certificados falsos de pureza de sangre.  Pero a pesar de todo los criollos, hijos de españoles en Indias, les consideraba “gente vil”. Los llamados despectivamente como gachupines o chapetones discriminaban cruelmente a los mestizos y otras “castas degeneradas”. Estas son las bases del racismo estructural que forjó el apartheid criollo.

Los historiadores monárquicos españolistas pretenden hacernos creer que las uniones entre gentiles y alienígenas castellanos eran legales y que ambos contrayentes habían dado su consentimiento mutuo. Y hasta nos describen las bodas con toda la parafernalia del caso:  que si el obispo bendiciendo la unión, padrinos, madrinas, banquete, fiesta jolgorio,  orquestas y bailes. y hasta la luna de miel. Una imagen romántica que han tratado de imponer para lavar sus conciencias.   ¿En qué lengua se conocieron ambos contrayentes? Tendríamos que presuponer que los españoles eran políglotas que dominaban el quechua, el tzeltal, el chichimeca, el tolteca, el chibcha, el arahuaco o el guaraní. Por medio de la seducción un hombre puede obtener el amor de una mujer, pero si en vez de unas rosas o un piropo la posee sin su consentimiento y la obliga a hacer algo que no desea el violador solo siembra odio, rencor, repudio y resentimiento. La violación está penada no solo religiosamente sino por todas las leyes de la tierra. “El que violente  a una persona hombre o mujer, no sólo demuestra el salvajismo, sino también su estúpido instinto animal, machista e irracional”. 

Pero qué se puede esperar de esos bellacos, buscavidas y malandrines que venían a Indias con el único propósito de enriquecerse, subir en la escala social y adquirir  títulos nobiliarios. Esos vasallos y lacayos del emperador ambicionaban ser como sus amos y señores y cueste lo que cueste tenían que alcanzar la gloria.  Además, como los indígenas eran considerados herejes o salvajes sin alma pues sin ningún remordimiento las trataban peor de que a sus caballos y lebreles.  Ese mestizaje forzado (violaciones, estupro, pedofilia, etc…) generó un terrible complejo de inferioridad y baja autoestima. Un trauma que no se ha borrado del inconsciente colectivo y que se trasmite de generación en generación y está escrito con fierro candente en el ADN.

Como lo expuso en su momento el escritor Ramiro de Maeztu: “El hombre inferior admira y sigue al superior, para que lo dirija y proteja”.  En 1549 en la época del virreinato y por orden expresa de Carlos V -siguiendo la política de racismo biológico en nombre de la civilización y cristianización, discriminación y limpieza étnica- se decretó que “los mestizos no tenían derecho a ejercer cargos públicos o eclesiásticos, ni gozar de repartimiento. ni a heredar pues su sangre era impura”. La tendencia de ese fruto híbrido es identificarse con el dominador español o europeo despreciando por completo su “origen salvaje”. Por paradójico que parezca el racismo del mestizo hacia el indígena es mucho más feroz que el del blanco hacia el negro. 

Habría que analizar con detalle cuántas mujeres españolas viajaron solas a las Indias en el periodo de trescientos años de virreinato. En 1515 la corona española aconsejada por el estamento eclesiástico estimuló la emigración de mujeres peninsulares para evitar que los colonizadores se mezclaran con las nativas. Incluso obligaban a los altos cargos y funcionarios públicos a que viajaran con sus esposas. Era imprescindible preservar la pureza racial (eugenesia) y mantener impoluto el rancio abolengo de los nobles castellanos. Entre 1493 y 1518 tan solo pasaron 308 mujeres españolas a América, en 1600 se contabilizaron un total de 10.000. Es difícil dar una cifra fidedigna pero seguro que durante el virreinato no superaron las 30.000 mujeres.  La población española peninsular en el siglo XVI no alcanzaba los 6 millones de habitantes. 


Hay que tomar en cuenta que hasta bien entrada la década de los ochentas del pasado siglo XX, es decir, pocos años después de finalizar la dictadura franquista, las mujeres españolas aún estaban tuteladas por sus maridos o por sus padres. La emancipación llegaría en lo que se vino a llamar la “transición democrática” Así que ya nos podemos imaginar lo que sucedió en esos siglos XV o XVI. A las mujeres se les prohibía viajar solas pues necesitaban una carta de autorización del esposo o del padre reclamándolas o un tutor masculino que las acompañara. La mayoría de las que se embarcaban a Indias pertenecían a la nobleza, eran esposas de virreyes, de militares, oidores, altos funcionarios reales, también soldadas, adelantadas y gobernadoras, hijas de algo, y además otras que acompañaban a sus amos como doncellas, criadas, institutrices, esclavas negras o el ejército de María conformado por monjas adscritas a las órdenes religiosas dedicadas a tiempo completo a la vida espiritual o contemplativa.  Especializadas en el reclutamiento de indígenas para el servicio de Dios en los conventos. A todas se les debía  autorizar el pasaporte con cuño de la Casa de Contratación. No existían permisos para solteras o mujeres solas ya que podrían ser confundidas con prostitutas o vagabundas.

Pero los defensores de la hispanidad aducen que todas  “supuestas agresiones” se dieron en el marco del “relativismo histórico” y no puede ser juzgadas con una visión del siglo XXI. En todo caso no existe ninguna prueba de tales “dramas pasionales” tan comunes en las guerras de conquista. Tan solo se trata de una confabulación urdida por los promotores de la leyenda negra antiespañola. Así que lo mejor es pasar página para no generar más rencor y odio entre nuestros pueblos. Al contrario,  los pueblos indígenas tienen una deuda con ellos porque dieron más de lo que se llevaron.   ¿Se podrá sentar en el banquillo de los acusados al reino de España como responsable de la destrucción de las Indias? ¿o tan solo se quedará en una condena moral o simbólica?  Pero para los pueblos indígenas de América estos delitos no prescriben. ¿Cabe entonces la posibilidad de que el reino de España pida perdón por los crímenes cometidos en la conquista y colonización del continente americano? Evidentemente jamás reconocerá su culpa. La soberbia españolista es incapaz de reconocer el genocidio perpetrado por sus ancestros porque cobardemente solo asumen como suyos los triunfos y las hazañas.

 

Carlos de Urabá 2021

 

jeudi 10 octobre 2013

El día en que el Dios blanco violó a la Pachamama.

Ese día el Dios blanco todopoderoso con su espada de acero desgarró el vientre de la Pachamama, la madre tierra en permanente juventud.

Con la bendición del Dios Blanco que se alimenta de oro, plata  y piedras preciosas comenzó la conquista, destrucción y muerte del nuevo mundo. El cautiverio de los aborígenes confinados  a las reservas indias;  las mitas, los resguardos, las encomiendas donde debían producir el ciento por ciento para gloria del imperio español y del Dios blanco todopoderoso. Gracias a la inmensa misericordia de los clérigos y frailes los bárbaros herejes recibieron el sacramento del bautismo y fueron salvos de las llamas del  infierno.  Los gentiles a la fuerza aprendieron el nuevo credo de los cristianos: trabaja, produce, recoge,  levanta, arrastra, muévete, sírveme, persígnate en nombre del Dios Blanco y el emperador de España.
Los colonizadores “abrieron el camino a la civilización justiciera” borrando para siempre su historia, su lengua,  sus nombres, sus vestidos, sus comidas, sus dioses, los sueños, la magia. La indescriptible belleza de ese mundo  sobrenatural quedó reducida a cenizas en las hogueras inquisitoriales. Nadie podía contradecir los designios del Dios blanco todopoderoso y a sangre y fuego se consumó el genocidio.  

Se instituyó una sociedad de castas donde la raza blanca ocupó el lugar privilegiado  a la diestra del Dios blanco todopoderoso. De ahí para abajo se situaron los estratos más despreciables: los mestizos, indios, cholos (cuyo origen es el cruce de un perro chandoso con uno fino) mulatos, zambos, los negros bozales o salvajes, congos, mandingas, carabalíes, lucumíes, balantas, y todos los cruces habidos y por haber: tercerón, cuarterón ochavón, púchela o pardo, coyote, jíbaro, lobo, chino, tente en el aire, saltatrás, o sea, la escoria humana  emparentada con las bestias de carga.

Los indígenas o lacayos del rey de España y el Dios blanco se vieron obligados a respetar la jerarquía y postrarse de rodillas ante su  merced, vuecencia, mi amo, mi señor,  únicos  representantes  del  poder político y religioso.

El español o chapetón o gachupín, el amo o el gamonal, el obispo, el fraile ejercieron el  concubinato polígamo, el derecho a pernada, el amancebamiento y la barraganía. Los machos hambrientos de placer tenían que desfogar sus instintos básicos. El producto de esta unión ilegítima con las razas inferiores es  el llamado bastardo. El bastardo es  un ser  indeseable que nunca contó con el afecto paterno y que tuvo que consolarse en el regazo de las mancilladas madres (“la llorona”). Hijos de la bastarda América procreados sin amor, bastardos  no reconocidos fruto del pecado, el rapto y el secuestro.   
El resultado de este  mestizaje  es un hibrido de características esquizoides víctima de un terrible trauma afectivo. Son hijos huérfanos y abandonados de sangre impura lo que les provoca un terrible complejo de inferioridad y una baja autoestima. Una huella indeleble que perdura  en  el inconsciente colectivo  de nuestro pueblo.  

De ahí que el mestizo, el zambo, el indio, el negro y todas sus combinaciones  manifieste  un incontenible deseo por blanquearse (¿humanizarse?), travestirse; cambiándose los nombres y los apellidos, ávidos por imitar el canon de la belleza blanca,  el mito de la  belleza  blanca y  aclararse la piel con pomadas milagrosas, alisarse el pelo, teñírselo de rubio- si son negras-  colocarse lentillas azules, renegar de su origen porque no son dignos de entrar en el paraíso (blanco).  
¿Cómo borrar ese maldito estigma que llevan marcado en su piel a fierro candente? El blanqueamiento de la sociedad es el supremo ideal pues adquiriendo una nueva identidad podrían ser redimidos del retraso y la ignorancia.

Ese desprecio por nuestras raíces ancestrales proviene de un conflicto racial que subyace en los genes, en el ADN, en los cromosomas y espermatozoides  y que también se traduce en el rencor,  la rebeldía y la lucha de clases.  La Pachamama  ha sido violentamente poseída  por el diablo blanco, los colonizadores blancos, el Dios blanco, la virgen blanquísima y el Jesucristo también blanco y de ojos azules.   

En la época de la colonia los derechos que le correspondían a cada persona estaban ligados a la clasificación racial étnica. A los españoles o europeos blancos, católicos y apostólicos gachupines o chapetones se les otorgaba el derecho exclusivo a la educación, los cargos administrativos, la milicia, el sacerdocio, mientras a las razas inferiores que carecían del  rancio abolengo ocupaban los oficios más rastreros y despreciables.

Se estructuró un régimen de apartheid  donde  una minoría blanca tutelaba  a los indios, a los negros,  a los mestizos y todos sus derivados pues se les consideraban menores de edad, seres inferiores sin uso de razón e incapaces de gobernarse a si mismos.
En el imperio español la limpieza de sangre era un mecanismo de discriminación legal. Los individuos que iban a ocupar cargos públicos  tenían que certificar ante la Real Audiencia que no estaban manchados ni con una sola gota de sangre india, negra, gitana, mora o judía. Se examinaban fondo sus antecedentes, su árbol genealógico (por tres generaciones) sus apellidos, su procedencia, sus padres, sus ancestros. Sólo se admitían blancos químicamente puros, es decir, de sangre azul, cristianos viejos, nobles, aristócratas  e hidalgos de pedigrí y apellidos rimbombantes que se jactaban de haber mantenido impoluta  la honra y el honor de la familia.  
Si existía alguna duda al respecto el Tribunal de la Santa Inquisición era el encargado de emitir la sentencia definitiva. En el caso de encontrase algún rastro de impureza en el individuo este tendría que cargar el sanbenito “para que siempre halla memoria de la infamia de los herejes y su descendencia”. Los indios, los negros, mulatos, zambos o cholos conversos aunque hubieran jurado fidelidad al rey de España y demostraran su infinito amor por el Dios blanco siempre fueron vistos como  sospechosos de prácticas heréticas o paganas.

Durante la colonia y también tras la independencia, se desarrollaron oficialmente planes de  limpieza étnica y  exterminio de las razas inferiores pues eran consideradas un  obstáculo para el progreso y el buen gobierno. Tanto es así que las nuevas constituciones republicanas  consideraban un ciudadano libre a todo aquel que sabía leer y escribir y no ejercía labores manuales propias de indios, negros, mulatos o zambos.  Nuestros mitos fundacionales se estructuraron sobre bases racistas con una clara tendencia a la eugenesia.
“El Dios blanco le otorgó al blanco la autoridad y la sabiduría,  la civilización es blanca como el purísimo manto de la virgen María, la racionalidad y la bondad son blancas mientras que los indios, mestizos, negros y zambos  y sus derivados representan la maldad y la barbarie. “Razas degeneradas y holgazanas  propensas al vicio y la borrachera que necesitaban ser domadas a punta de latigazos”

El blanqueamiento genético y cultural  sólo ha servido para perpetuar las desigualdades en una sociedad ya de por si injusta y excluyente.  Los criterios raciales blancos son los que prevalecen por encima de la diversidad y el mestizaje. Estas taras se han reproducido con mayor énfasis  en este siglo XX donde los medios de comunicación alienantes trasmiten esa imagen subliminal del blanqueamiento como fórmula del éxito.

Nuestra identidad se ha construido en base al racismo condenado a las grandes mayorías a ser extranjeros en su propia tierra, hijos ilegítimos de la bastarda América empobrecidos y subdesarrollados.

Carlos de Urabá 2013
Amman-Jordania

jeudi 3 octobre 2013

El 12 del patíbulo de 1492. La fiesta de los sepultureros.

 
Otro aniversario más, cinco siglos de tinieblas enterrados vivos bajo la pesada lápida de la mentira y el olvido.

Existen diferentes fiestas de guardar; está el día de la Madre, la Virgen de mayo; el día del maestro, San José de Calasanz; el del estudiante, San José de Cupertino; el de los novios, San Valentín; el de la secretaria, Santa Tecla... aunque sin duda alguna el día más importante en el calendario es el 12 de octubre, la fecha en que se conmemora la gloriosa epopeya del descubrimiento de América llevada a cabo por don Cristóbal Colón bajo el patrocinio de los Reyes Católicos.

El 12 del patíbulo se celebra por todo lo alto el día de los sepultureros, el día del orgullo españolista, la ocasión perfecta para enaltecer la figura de nuestros héroes y mártires. Como es costumbre al velatorio asisten los reyes, presidentes, obispos y embajadores. Doblan las campanas y con toda la pompa el cortejo fúnebre se abre paso por las principales calles y avenidas encabezado por una interminable procesión de capirotes que arrodillados se flagelan al ritmo del réquiem sacrosanto.
Loados sean los piratas que empuñando la espada y la cruz violaron el edén, de amor patrio henchido el corazón aquellos valientes guerreros a punta de pólvora y dinamita escribieron una de las páginas más "sublimes" de la historia.

Juicio sumarísimo y al paredón. Al bélico grito de España imperial los verdugos disparan sus armas a quemarropa y tras la dulce agonía, el tiro de gracia. Hijos míos, vuestra sangre derramada os hará libres.

Palada tras palada los sepultureros abren los profundos socavones, son esqueletos que caminan lerdos arrastrando sus pesadas armaduras; encorvados apenas se mantienen en pie mientras en sus rostros pálidos se dibuja un rictus mortis de satisfacción. Con nobleza sus manos huesudas sostienen la guadaña civilizadora que impone la ley de los vencedores. La bolsa o la vida, canallas. Oro, montañas de oro, de oro puro que nuestros dioses tienen hambre.
Las plañideras rigurosamente de luto enjuagan las lágrimas en sus pañuelos y una y otra vez repiten las letanías: señor, perdónanos nuestros pecados... nuestros pecados. Contemplar el nuevo mundo convertido en un camposanto es algo tan maravilloso, el perfume de las flores tiene otro sabor y hasta las bandadas de cuervos y de buitres parecen ángeles celestiales. Un verdadero remanso de paz: tumbas soleadas, confortables nichos, elegantes panteones, valles de los caídos y pudrideros donde florece la cizaña para gozo y disfrute de las ánimas en pena.

Este 12 del patíbulo una vez más los heraldos negros proclamarán la victoria ¡arriba España! ¡Que vivan los fundadores de las morgues y las funerarias! un homenaje a los novios de la muerte, feliz cumpleaños venerables negreros e inquisidores, benditos sean por siempre señor los especialistas en fabricar ataúdes y catafalcos, alabados sean los expertos tejedores de sudarios y mortajas.
La madre patria es generosa y da el pésame a los deudos: resignación cristiana ¡cuánto lo sentimos! Eran tan buenos. Un minuto de silencio en honor a las tribus bárbaras desaparecidas, un minuto de silencio a la memoria de los salvajes sin alma predestinados a ser carne de cañón de los infiernos.

Otro aniversario más, cinco siglos de tinieblas enterrados vivos bajo la pesada lápida de la mentira y el olvido, 500 años en esa fosa común sin nombres y apellidos, no hay nada más que cardos y espinas y sobre la fría losa un triste epitafio que reza: dale señor el descanso eterno, brille para ellos la luz perpetua.


Carlos de Urabá 2009