La jaula

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por la emancipación de los pueblos
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lundi 15 septembre 2014

“La única forma de regresar a Palestina será con un fusil en la mano”


En el Líbano existen aproximadamente 450.000 Refugiados palestinos pertenecientes la mayoría al exilio originado por el  desastre de la Nakba en 1948. Desastre que contó con la complicidad de la ONU después de que se aprobara su plan de partición.

Durante el desarrollo de la guerra árabe-israelí de 1948 miles y miles de pobladores palestinos tuvieron que escapar de sus hogares ante el avance del ejército de ocupación sionista. Las propias naciones árabes implicadas en el conflicto bélico, los abandonaron. La única salida fue   buscar asilo en los países limítrofes o de lo contrario hubieran perecido víctimas de la barbarie y limpieza étnica. Los habitantes del norte de Palestina originarios de Akka, Haifa, Tiberíades, Nazareth, Sheikh Danun, Al Ghabissiye, Dir Alqasi, Ikrit, Biram, Shaab, Naharia, Deir Al Asad, Biina, Safed,  principalmente campesinos, labradores, obreros, pescadores, artesanos se vieron obligados a refugiarse en el Líbano.

La ONU, con el visto bueno del gobierno libanés, se hizo cargo de la emergencia humanitaria  improvisando unos  campamentos con tiendas y barracones para brindarles asilo providencial  a la espera de encontrar una pronta solución política que hiciera viable su retorno-.  Pero el asunto  se fue alargando en el tiempo; caían las hojas del calendario,  pasaban los años y la desesperanza se fue apoderando de sus espíritus. Entonces, no tuvieron más remedio que echar raíces en una tierra inhóspita, rehacer sus vidas en un país hostil que los consideraba y considera poco menos que apestados. Y ahí en esos terrenos baldíos construyeron sus infames madrigueras; sin espacio vital, hacinados, carente de servicios públicos y a expensas de la caridad de los organismos de ayuda humanitaria.  El gobierno libanés los calificó de “intrusos indeseables” que con su presencia desestabilizaban el país. –Más adelante los acusó de “terroristas”-Los propios cristianos o chiítas y hasta sus hermanos sunitas los miraban con recelo. (Amal apoyado por Siria, el Hadad, el Kataeb) La paradoja es que se convirtieron en sus más enconados enemigos, quizás peores que los propios sionistas.

Estuvimos visitado los  campos de refugiados de Sabra y Chatila, Nahr al Bared,  Badawi, Ein al Hilwe, o Gouraud en el Líbano y, aunque ya han pasado 66 años de exilio, pocas cosas han cambiado.  En esos malditos guetos el 65% de la población se encuentra  en una  situación de extrema pobreza y carecen de los más elementales derechos sociales y civiles.

Ellos son conscientes que es casi imposible que puedan regresar a su tierra pues Israel se ha fundado sobre las ruinas de sus pueblos y ciudades. No existe negociación posible mientras no se respete el derecho al retorno de los refugiados. De nada valen los diálogos, las cumbres y toda esa inútil demagogia. Sólo con el poder de las armas podrán reconquistar su patria.

Es una injusticia que a estas alturas del siglo XXI todavía estemos hablando de este drama. Y encima, por culpa de la guerra civil que asola Siria, a los refugiados palestinos en ese país (se contabilizan 600.000 mil) les ha tocado padecer una segunda Nakba pues para poner a salvo sus vidas no les ha quedado otra alternativa que huir al Líbano.

Durante estos terribles años de exilio han soportado demasiadas humillaciones, demasiado dolor y sufrimiento. Han padecido lo indecible; mil y una agresiones, ensañamiento  hasta casi  el exterminio.  Han perdido familiares, seres queridos, amigos,  han sido asesinados, martirizados, violados, torturados en las incontables batallas contra judíos, falangistas cristianos o chiítas. Condenados a la más despiadada persecución el único consuelo que les queda es empuñar un fusil kaláshnikov y vender caro su pellejo. Como desahuciados  su principal objetivo es  que Israel no descanse en paz. Porque la economía israelí no está en capacidad de soportar el estado de guerra permanente y tal desgaste hará que irremediablemente colapse.

Los refugiados palestinos con templanza han sabido resistir y mantenerse firmes. Su filosofía es muy clara: si alguien muere nacerán diez o veinte  para reemplazarlo.  Los más viejos saben que les va a llegar pronto la hora y  morirán en el exilio.  Sus hijos deben cumplir la sagrada promesa de regresar a su patria.  Así hayan sido borrados del mapa sus ciudades y pueblos, los reconstruirán,  aunque el sionismo  les hayan cambiado los nombres, los refundarán, aunque sus campos hayan sido arrasados volverán a reverdecer los olivos y a echar sus flores los almendros. El amor por la madre patria palestina es algo que se transmite genéticamente de padres a hijos. Los refugiados no admiten chantajes ni recompensas monetarias o indemnizaciones. No importa, si no es hoy será mañana, los nietos, los biznieto, los tataranietos harán realidad este sueño así pasen 100 años, 200 años o 300 años. Aunque sea convertidos en esqueletos, regresarán. 

En las casas de los refugiados cuelgan en las paredes las fotos de sus familiares, de sus hijos, de sus hermanos, de sus abuelos -muchos de ellos martirizados en esta desigual lucha contra un enemigo implacable. No hay llanto porque se han vertido ya todas las lágrimas, no hay palabras porque se acabaron las quejas y los reproches.

En el Líbano la situación es muy crítica pues la guerra civil Siria ha provocado tal avalancha de refugiados (ya superan la cifra de 600.000) que el gobierno libanés intenta frenarlos a  base de leyes xenófobas y restrictivas.

Los enfrentamientos entre chiítas y sunitas  se han recrudecido implicado también a los palestinos, pues por ser sunníes el precepto religioso les obliga a enfrentarse a los chiíes y el ejército libanés. Ante una situación tan grave  el presidente de la ANP Abu Mazen y Meshal, líder de Hamas han declarado que ellos se mantienen neutrales en este conflicto.

En todo caso el frente de guerra en la frontera con Israel sigue abierto. Las milicias de  Hezbollah,  como también los grupos palestinos del FPLP, de Al Fatah Abu Ammar, la OLP, Hamas, o la Yihad Islámica continúan en guardia. El alto el fuego supervisado por las fuerzas de interposición de la ONU puede romperse en cualquier momento. Últimamente y, a raíz del genocidio en Gaza, Hamas ha pedido a Hezbollah solidaridad para su causa. El gran muftí del Líbano Mohamed Rashid Qabbani (el 29-07-2014) ha lanzado un llamamiento a la yihad para liberar a la tierra sagrada Palestina de las garras del sionismo.

No existe ninguna posibilidad de paz ni de reconciliación pues los recuerdos de tantas matanzas y masacres los han envenenado de odio y de venganza. En difícil olvidar a  Nabatieh,   Tel Zaatar o Sabra y Chatila. http://youtu.be/0LKaNpm06EI Además esta historia aún no ha terminado y quién sabe cuál será el próximo capítulo sangriento. Los niños quieren emular a los valientes guerrilleros o fedayines a los que la opinión pública mundial llama  “terroristas”  y que ellos consideran héroes que defienden su identidad, sus raíces, su religión, su tierra madre.  El ejemplo de los mártires los llena de orgullo y por todas partes se le rinde tributo a su memoria.

 “mi tierra perdida, la tierra de mis ancestros. Con determinación lucharé por ella. Palestina es mi patria, ¡fedayín, fedayín! 

Los refugiados no desean inspirar sentimientos de pesar o de compasión, ni mucho menos explotar el victimismo. Uno de los hechos más humillantes es la dependencia de los organismos de ayuda humanitaria de la ONU, UNRWA,  Cruz Roja o Media Luna Roja. Ya no aguantan más arbitrariedades e imposiciones.  La impunidad y el confinamiento hacen que pierdan la confianza en el futuro. Psicológicamente están al límite y en la desesperación muchos prefieren el martirio o el suicidio antes que seguir soportando esta lenta agonía. Incluso el yihadismo gana adeptos pues sus dirigentes aburguesados se dedican al desfalco y las corruptelas.

Se sienten extranjeros, desarraigados,  perseguidos y hasta malditos. Podríamos decir que su historia se parece a la de otros pueblos del mundo víctimas del genocidio como los indígenas americanos, las tribus  africanas, y tantas otras  etnias extintas de las que no nos  quedan más que unos vagos recuerdos en los libros, los tratados, o los museos. Israel espera que pase lo mismo con los palestinos, es decir,  convertirlos en objetos folclóricos, materia de estudio o inspiración para los investigadores,  antropólogos y escritores. Como bien los expresaran reiteradamente los líderes sionistas con la conocida sentencia de: “los viejos morirán y los jóvenes olvidarán”
Carlos de Urabá 2014

Túnez.
 
 
 
 

jeudi 10 avril 2014

¿Por qué debe quedar impune el genocidio de Sabra y Chatila?


Hojeando un libro de historia del arte descubrí por casualidad un cuadro del pintor flamenco del siglo XVI Pieter Brueghel el Viejo intitulado  “el triunfo de la muerte”.  Rabioso me pregunté: ¿Por qué dejar que la muerte triunfe? Esto no puede ser. Me opongo rotundamente a la resignación y el olvido.

El 6 junio de 1982 el ejército de Israel por orden del primer ministro Menahem Begin invadió el sur del Líbano en respuesta a los innumerables ataques llevados a cabo por la guerrilla palestina- disparo de morteros y de cohetes katiuska incluidos- que amenazaba con despoblar la frontera norte.  Esta operación bautizada “Paz para Galilea” tenía la finalidad de eliminar las bases de la OLP encabezadas por Yasser Arafat.

Otro de los detonantes de la invasión, según medios extraoficiales,  fue el atentado que sufrió el 3 de junio del 1982 Shlomo Argov embajador de Israel en Londres  y que lo dejó gravemente herido. Una acción perpetrada por un comando palestino afín a Abu Nidal que provocó la indignación del gobierno de Tel Aviv. En un principio Los chiítas libaneses se mostraron favorables a la intervención  pues para ellos los palestinos no eran más que unos “comunistas apóstatas” que ofendían el buen nombre de Allah y su profeta. Luego cuando se dieron cuenta que los judíos pretendían quedarse indefinidamente en su territorio fundaron el grupo de resistencia armada Hezbollah con el apoyo de Irán.

El Ejército del Sur del Líbano al mando del comandante Saad Haddad- aliado de Israel escoltó a las tropas del Tzahal camino de Beirut persiguiendo a los 16.000 fedayines, morabitun nasseristas y sirios que intentaban escapar a la campaña de exterminio. La “operación contraterrorista” -como la denominaban los judíos-  debía cumplir al ciento por ciento con los  objetivos propuestos.  Los bombardeos de la aviación, la artillería o carros de combate eran tan devastadores que al final de la contienda la cifra de víctimas entre la población civil y los combatientes superó los  18.000 muertos y 30.000 heridos.   

Dos meses después del inicio de la ofensiva  la OLP cede a las demandas de Israel y  firma un principio de acuerdo ante el enviado especial de Ronald Reagan, el diplomático Philip Habib. En este documento la OLP se comprometía a abandonar el Líbano si a cambio les dejaban embarcar con todo su armamento, pertrechos y sus efectivos con rumbo a algún país árabe amigo. Además, exigían que se garantizara la seguridad de la población civil palestina con el envío de una fuerza de interposición internacional. Los libaneses pensaban que con esta decisión se alcanzaría definitivamente la paz pero se equivocaban. También los refugiados de Sabra y Chatila respiraban aliviados y comenzaban a reconstruir sus casas destruidas por los violentos ataques del ejército de ocupación.  En Beirut no había agua, ni electricidad, las infraestructuras estaban colapsadas (puentes, oleoductos, aeropuertos, carreteras, hospitales, escuelas) y reinaba por doquier el caos y la miseria.

El 1 de septiembre de 1982 14.000 Soldados de la OLP y de Siria fueron evacuados desde el puerto de Beirut en barcos griegos con destino a Túnez. El 10 de septiembre la fuerza multinacional, integrada por norteamericanos, franceses, italianos y británicos, sorpresivamente abandona el Líbano. A partir de ese momento los refugiados palestinos quedaron indefensos y no tuvieron más remedio que confiar en la palabra empeñada por los garantes internacionales Reagan, Mitterrand y Pertini que les prometieron que sus vidas serían respetadas.

Pero en el  Líbano se libraba una sanguinaria guerra civil marcada por las rencillas y venganzas. Los paramilitares de la falange cristiano libanesa tenían fama de ser crueles  y sanguinarios. Su máximo líder Bashir Gemayel - principal aliado de Israel en el Líbano-  los sionistas le encargaron la misión  de hacer el “trabajo sucio” y resolver por las buenas o por las malas el llamado “problema palestino”. Bashir favorecido por la  situación política inestable, la crisis económica y el desgaste de la guerra civil es elegido por el congreso candidato único y nombrado el 23 de agosto de 1982 -bajo la recomendación de los judíos- presidente del Líbano.

El acuerdo que se firmó entre la OLP, Israel y el gobierno del Líbano, bajo la supervisión de EE.UU, especialmente subrayaba que los refugiados y los sunitas libaneses podían vivir tranquilos mientras no alteraran el orden establecido.   A principios del mes de septiembre del 1982  el Ministro de Defensa israelí  Ariel Sharon denunció que “los campos de refugiados se habían convertido en un nido de guerrilleros terroristas de la OLP” Encima un acontecimiento extraordinario iba a trastornar aún más el turbulento panorama:   el día 14 de septiembre de 1982 víctima de un violento atentado en la sede el Partido Falangista en el barrio de Achrafieh muere asesinado por una bomba el presidente electo Bashir Gemayel y 26 de sus correligionarios. De inmediato se culpó a los palestinos y sus aliados nasseristas del magnicidio.  Los miembros de la Falange presas de una ira incontenible se aprestaban a vengar a su amado líder.  

Ariel Sharon al enterarse del asesinato de su incondicional amigo envía una avanzada del ejército sionista a Beirut oriental, donde había acordado no intervenir. Los israelíes bloquean completamente los campos de refugiados pues la inteligencia judía afirmó que más de 2.000 guerrilleros de la OLP permanecían allí escondidos. El día 16 de septiembre Sharon pactó con Elie Hobeika, jefe de seguridad de Bashir, en el Cuartel General de la Falange que sus tropas serían enviadas a patrullar los campamentos de refugiados con el fin de limpiarlos de “terroristas palestinos”. En esos instantes el mando militar de ese sector de Beirut estaba a cargo de los israelíes y por lo tanto ellos eran los responsables de lo que le sucediera a la población civil.

De inmediato unos 150 milicianos de la Falange entrenados disciplinadamente por los israelíes, quienes les proveyeron de armamento y pertrechos, entran en Sabra y Chatila.  Los kataeb armados hasta los dientes con ametralladoras, hachas, cuchillos y machetes venían a saciar su sed de venganza.  Enloquecidos sacaban a las gentes de sus casas y sin compasión los fusilaban  contra las paredes. Otros se dedicaban torturar sádicamente a sus víctimas; sobre todo,  a violar a las mujeres o a las niñas para rematarlas degollándolas. Las bestias insaciables reían alborozadas contemplando el dolor ajeno sin importarles si se trataban de bebés, niños, mujeres o ancianos.  Muchos agonizaban entre escalofriantes estertores mutilados,  castrados o cosidos a puñaladas. En esta feria de los horrores a muchas mujeres les cortaban el pecho,  a las embarazadas les abrían el vientre para extraerles los fetos y aplastarlos contra el asfalto. La orgía de sangre se prolongó, según los testigos, por más de 36 horas. Estaban borrachos y poseídos por el demonio, los perros rabiosos querían arrasar con todo y al segundo día hicieron acto de presencia las excavadoras derribando las humildes casas donde entre alaridos los supervivientes suplicaban clemencia.  La sangre corría a borbotones, ríos de sangre que se desbordaban por las acequias de los campos de refugiados, a tal punto que más bien parecía la fiesta del aid al- Adha -que se celebra 70 días después de terminar el ramadán- cuando se sacrifican los corderos y se baña con su sangre la tierra para refrendar el pacto de sumisión a Allah. Al caer la noche el ejército israelí desde sus posiciones de vanguardia lanzaba bengalas para iluminar los campos y facilitar así la gloriosa operación de “limpieza antiterrorista”. Lo que no se sabe es qué pasó con las cientos de personas que sacaron en camiones de los campamentos.  Jamás se volvió a tener noticias de ellos pues desaparecieron sin dejar huella.  

Algunos oficiales israelíes escandalizados le informaron a Sharon sobre las macabras escenas que presenciaban. Pero el Ministro de Defensa hizo caso omiso a los requerimientos pues estaba muy ocupado en compañía del alto Estado Mayor y no tenía tiempo para nimiedades. Al fin y al cabo si unos árabes mataban a otros árabes ese no era su problema.

El genocidio de Sabra y Chatila sin duda alguna fue una retaliación, una brutal venganza de los cristianos falangistas  por el asesinato de Bashir Gemayel y las matanzas que se desarrollaron en poblados cristianos durante la guerra civil.  Una de éstas fue la Damour atribuida a los guerrilleros de la OLP, los soldados sirios y libaneses nasseritas o morabitunes, en la que Elie Hobeika  perdió a parte de su familia y a su novia con la que estaba a punto de contraer matrimonio. Desde ese entonces juró que bebería la sangre palestina en el cráneo de un fedayín.

Tras la masacre el ejército libanés se dedicó a ocultar las pruebas y con la ayuda de la Cruz Roja a enterrar en fosas comunes los cadáveres de las víctimas. En todo caso la presencia israelí se extendió durante más de tres años y los ataques contra los campamentos de refugiados palestinos no cesaron. La persecución no sólo de los judíos sino también por parte del ejército libanés, de los Kataeb, los milicianos de Amal,  el Ejército del Sur del Líbano, o  de Hezbollah ha sido inmisericorde. Basta con echar una ojeada a las operaciones de castigo que se llevaron a cabo en: Burj el Barajneh, Rashiddyeh, Sabra y Chatila (1985-1988), Nahr el Bared, Bourj ash-Shamali, Ain al Helue donde sembraron la muerte y la destrucción.

Hoy  Sabra y Chatila pertenecen al término municipal del Gobeiri (gran Beirut) En Sabra ya no hay refugiados palestinos y todos se han concentrado  en Chatila (bajo la administración de la UNRWA)  Su población se estima en unas 30.000 almas hacinadas en apenas 3 kilómetros cuadrados y que se reparten entre palestinos, musulmanes libaneses, chiítas libaneses e innumerables inmigrantes procedentes de India, Pakistán, Filipinas o Bangladesh. El paisaje de los campos está jalonado de  construcciones ruinosas y medio derruidas en las que todavía permanecen imborrables  las huellas de  los disparos y las bombas.

En una de esas casas perdida entre esas laberínticas callejuelas nos encontramos, -gracias a los buenos oficios del ingeniero Ali Jatib (graduado en Cuba)-con el señor Ahmed Ali Al Jatib quien fue testigo directo de la masacre de Sabra y Chatila. El señor Ahmed haciendo un gran esfuerzo para recordar esos hechos tan dantescos en los que perdió a su padre, madre, cuatro hermanos, tres hermanas y la abuela, en total a 10 miembros de su familia, nos concedió esta entrevista.  Vídeo: http://youtu.be/FXotGxFgens No es de extrañar que, como tantos otros refugiados palestinos de Chatila, el señor Ahmed se encuentre psicológicamente hundido. Nos dijo que no puede dormir, que sufre de insomnio crónico, que le asaltan las pesadillas y ni siquiera se atreve a salir de noche por esas estrechas callejuelas en las que se le aparecen los fantasmas de los muertos bañados en sangre. Con razón nos comentaron que la mayoría de los supervivientes prefieren callar pues temen que los falangistas puedan tomar represalias contra ellos o sus familiares.

En Sabra y Chatila continúa el duelo, un duelo perpetuo que hiela el alma.  

Y lo peor de todo es que nadie ha sido arrestado o juzgado todavía por este infame genocidio. Lo más aberrante es que muchos de  los responsables hoy son respetables hombres de negocios, políticos u  oficiales del ejército que disfrutan de una vida acomodada en  Beirut,  Tel-Aviv o en Jerusalén.
 Nadie quiere hacerse responsable de este espantoso crimen, todo el mundo niega  las evidencias y prefieren  echarle la culpa al otro; los judíos señalan a los  falangistas, los falangistas acusan a los judíos y entre los dos al ESL  En el año 2001 las familias afectadas por la masacre  interpusieron una querella criminal ante la justicia belga contra Ariel Sharon, pero ésta lamentablemente no prosperó pues los jueces aducen que no pueden procesarlo pues ninguno de los muertos era ciudadano belga.  Sharon murió sin rendir cuentas por sus crímenes como sin duda morirán sus cómplices.

Pero la lucha para que se haga justicia no puede detenerse, hay que seguir insistiendo ante los tribunales internacionales o la Corte de la Haya  porque los crímenes de lesa humanidad no prescriben.  Es imposible que pueda quedar impune tal monstruosidad, tantos miles de muertos y desaparecidos, torturados,  tantas familias rotas, tanto dolor y amargura. Es inconcebible.

Para los refugiados de Sabra y de Chatila, igual que las de los otros 12 campos existentes en el Líbano,  no existe el proceso de paz. La mayoría  no reconoce al gobierno de la ANP al que califican de  traidor por sentarse a negociar con el enemigo sionista.  Sólo queda resistir, resistir y resistir  hasta la completa liberación de Palestina con Jerusalén como capital.

Carlos de Urabá 2014

Amman-Jordania.

 

jeudi 19 septembre 2013

¡Salvemos a Sabra y Chatila!


Lanzamos un llamado de emergencia para prevenir una tragedia que podría producirse en cualquier momento en los campos de refugiados de Sabra y Chatila. Estuve allí de visita hace apenas una semana guiado amablemente por el ingeniero Ali Jatib  que labora en las oficinas de la UNRWA.   Aquel campo de tiendas de campaña construido en 1950 para albergar a los miles de refugiados palestinos de la guerra del 48 hoy se ha transformado en una favela  de cochambrosos edificios de ladrillos y cemento que alcanzan ya los siete u ocho pisos de altura. No hay otra alternativa para dar cobijo en este espacio tan reducido (3 kilómetros cuadrados) a sus 30.000 habitantes que se hacinan en las más deplorables condiciones - la ley libanesa es muy estricta y no permite  obras de ampliación más allá de los límites establecidos. En Sabra y Chatila los servicios públicos como  el agua potable o la electricidad son deficitarios hasta tal punto que infinidad particulares se dedican al negocio de reparto de agua  en camiones cisterna o a la venta de energía mediante generadores de diésel. Es increíble  observar las  telarañas de cables  que cuelgan de las fachadas y los postes de alumbrado que exageran aún más el caos reinante. Como es de suponer muchísimas personas mueren electrocutadas ante la falta de las más mínimas medidas de seguridad.

Sabra hoy en día no es un campo de refugiados sino un barrio de la municipalidad de  Ghobeiry.  La mayor parte de la población está conformada por: sunitas libaneses pobres, inmigrantes de Bangladesh, la India, Sri Lanka, Filipinas, Sudán, Somalia, y últimamente los desplazados sirios.   Es decir, los estratos más bajos de la sociedad; trabajadores y obreros que en vista de los altos precios de los arriendos se han visto obligados a vivir en las zonas marginales de Beirut.

Ambos campamentos son de libre acceso pues  no existe ningún control del ejército libanés. Por lo tanto cada grupo que reside en el mismo se encarga de la seguridad  y el respeto de las fronteras internas.  En las fachadas de las casas y los edificios todavía se pueden observar las huellas de los bombardeos de la aviación israelí o los estragos causados durante el desarrollo de la guerra del Líbano (1975 y 1990). Según el gobierno libanés los palestinos (calificados de terroristas)  son los directos culpables de la ruina y  destrucción de la “Suiza de Oriente Medio”  Para los cristianos maronitas la única solución es  exterminar a sangre y fuego  a esa  “plaga de alimañas”.

La entrada el campo de refugiados de Chatila está presidida por la foto de Yasser Arafat adornada con un ramillete de banderas palestinas.  El ingeniero Ali Jatib nos va a presentando amablemente a sus amigos y familiares que me brindan una cariñosa bienvenida. Es curioso pero aunque casi todos hayan nacido aquí  en el Líbano  todavía  albergan la esperanza de regresar a los brazos de la madre tierra  Palestina.  En voz alta nos van confesando de donde son originarios: unos proceden de Haifa, otros de  Quesarya,  Akka, Nazaret, el lago Tiberiades, las aldeas del monte Carmelo, Majd el Kurum, al-Kabri, al-Najr, Um al-Faray, Al Zib,  Al-Basa, Safad, Chaab…    La gente que nos franquea el paso  nos saluda con una sonrisa al tiempo que  con sus manos hacen la V de la victoria. Las paredes de este un gueto ratonera están completamente cubiertas de murales alegóricos a la lucha armada cuyos protagonistas son los heroicos fedayines que  enfrentaron  al invasor sionista. Caminamos entre  túneles y pasadizos que me provocan una intensa  sensación de claustrofobia;  por esos estrechos laberintos los niños bulliciosos juegan a la guerra con sus pistolas de plástico mientras los ancianos sentados en el portal de sus casas esperan que al menos Allah se compadezca de sus almas. Sólo la justicia divina podrá reivindicarlos. En un muro marcado por los balazos y la metralla  algunos jóvenes  escriben con un spray frases revolucionarias: “resistencia hasta la victoria” “con nuestra sangre liberaremos a Palestina”. Los vecinos  transitan casi a ciegas pues saben de memoria el rumbo que deben seguir hacia sus guaridas o madrigueras. En la plaza de la mezquita nos topamos con una grandiosa pintura  de Arafat tocado con la típica  kufiya y el domo de la roca de Jerusalén al fondo.  Al menos los artistas le ponen algo de alegría y color a este entorno tan opresivo. Tampoco faltan las fotos de los mártires  que ofrendaron sus vidas  en las distintas batallas ya sea contra el ejército libanés, las milicias cristianas, las tropas israelíes o los milicianos chiitas de AMAL.  La suciedad y los desperdicios adornan este tétrico paisaje más propio de un estercolero.  El olor fétido de una alcantarilla atascada me produce náuseas  y de inmediato me tapo con mi mano la nariz para no trasbocar.  Un hito importante es que  la municipalidad del distrito de  Ghobeiry, presionada por las ONGs  ha construido en un terreno baldío,  que hasta hace unos años no era más que un inmundo muladar, un monumento funerario  como  homenaje  a los cientos de asesinados, torturados, y desparecidos de la famosa masacre de Sabra y Chatila cometida en 1982  por las milicias cristiana libanesas “kataeb”, bajo la protección del ejército israelí.

En Chatila conviven palestinos de distintas facciones;  unos pertenecen a la OLP-  los otros al FPLP, Fatha Al Islam, otros de Hamas o la Yihad Islámica. Todos están de acuerdo en que la guerra contra el invasor sionista debe continuar hasta las últimas consecuencias. Es decir, la  aniquilación total del estado de Israel.   De nada valen  las conversaciones de paz con el enemigo  pues la única vía posible para liberar a Palestina  se circunscribe a la yihad o  la lucha armada.

Para quien visita por primera vez Sabra y Chatila lo más aconsejable es hacerlo acompañado por un guía pues cualquier despiste podría meterlo en serios problemas   Recordemos que el Líbano  es una sociedad dividida por etnias y confesiones y  hay ciertas líneas rojas que no se puede traspasar. Y peor ahora  cuando el conflicto bélico en Siria se ha extiende peligrosamente al Líbano.  Antes de dar un paso en falso  lo mejor es analizar  con detenimiento  las banderas y fotografías colocadas en las paredes o en los postes que nos indican en que zona de influencia estamos: si es la  Nasrala de Hezbola, del Imam Mussa Sadr o Nabih Berri del movimiento Amal, de Rafik Hariri de los sunitas libaneses, de los palestinos de la OLP de Arafat, Falta Al Intifada, del FPLP de George Habash, o Shaker al Abssi de Fatha Al Islam  o Ahmed Yassin de Hamas.

Esa noche fui invitado a cenar en la casa de Ibrahim, un refugiado palestino exiliado  en Inglaterra que se encuentra  de vacaciones. Nuestro anfitrión colocó la mesa del comedor en la azotea pues  el calor que hace en el interior de las viviendas en esta época del año es insoportable.  Desde allí teníamos una excepcional vista de la avenida principal del zoco de Chatila dominado por el  trafico incesante de vehículos, las carretilla de los vendedores ambulantes  y el gentío que colmaba los comercios, el mercado  de frutas, panaderías, carnicerías, tiendas de ropa, de calzado y el rastro de segunda mano.  Al caer la noche se encendieron las lucecitas de esos pisos  medio chuecos que parecían más bien casitas de juguete.   Al señor Ibrahim le habían cortado la electricidad así que prendió varias veladoras y las puso encima de la mesa. En esos instantes no sé por qué  me asaltó un nefasto presentimiento: Sabrá y Chatila es como una caja de fósforos y sólo hace  falta una chispa (un cortocircuito,  una colilla  o la mano  criminal) para que desate un voraz incendio.  Aquí hay material de sobra: papel, cartón, madera, plástico, aglomerado, tela, poliéster, basura, gasolina o bombonas de gas para alimentar las llamas del infierno.
No podía quitarme de la cabeza  las imágenes del incendio de la fábrica de textiles en Dacca (Bangladesh) que unas semanas atrás dejó el trágico saldo de 900 trabajadores muertos. De inmediato  le comenté al ingeniero  Ali Jatib mis sombríos augurios a lo que él me respondió con un gesto de indiferencia  Según me comentó nadie ha tomado cartas en el asunto; ni las autoridades libanesas, ni la municipalidad,  ni los responsables de los distintos grupos políticos. Tampoco existe  un plan de emergencia o evacuación de la zona en el caso de presentarse una catástrofe de estas características.  Al preguntarle si tenían  extinguidores se llevó las manos en la cabeza dándome a entender con este gesto que carecían por completo de los mismos. La estación de bomberos más cercana se encuentra a cinco kilómetros de distancia en el aeropuerto internacional Rafik Hariri y aunque las unidades de rescate llegaran lo más rápido posible  la estrechez de las calles  y las telarañas de cables eléctricos les impedirían entrar en la zona.

Me aterroricé de sólo imaginar las escenas de pánico: la gente corriendo desesperada  intentando escapar de esa trampa mortal,  las clásicas  avalanchas,  aunque lo más letal sería el humo generado por la quema de materiales tóxicos que en pocos minutos causaría la muerte por asfixia a cientos de personas o quizás a miles.  La UNRWA, la Media Luna Roja y los organismos de ayuda humanitaria saben que en cualquier momento  pude producirse una tragedia de estas dimensiones. Desgraciadamente se muestran incapaces de actuar pues la única solución para garantizar la supervivencia de los habitantes sería evacuarlos a otra zona de la capital. Esta es una decisión política que atañe al gobierno libanés más preocupado en  la reconstrucción del centro histórico de Beirut y en reactivar el turismo. 

Los propios habitantes de Sabra o los refugiados de Chatila  tienen otras prioridades más importantes que resolver como es  la falta de trabajo, la alimentación, los servicios médicos,  o las pésimas condiciones de salubridad. Bueno,  al fin y al cabo, ya han sobrevivido durante 65 años a destierros, invasiones, bombardeos o matanzas indiscriminadas. Lo más indignante es que el gobierno libanés  les ha negado sus derechos civiles, políticos o laborales. Así que no les queda más que asumir con resignación  su  triste destino: ser escombros humanos, carne de cañón  y   moneda de cambio de las ONGS,  la UNRWA o la Media Luna Roja. 

Muchos en el fondo piensan que esto no tiene sentido; 65 años abandonados a su suerte por la comunidad internacional y sus propios hermanos árabes, psicológicamente derrotados, hundidos en la depresión y la angustia; huérfanos, desheredados y apátridas.  Ya no hay futuro que valga pues su único premio ha sido la miseria y el despojo. Entonces para qué preocuparse por un incendio,  un diluvio o el juicio final  si más que un castigo es una bendición que terminaría de una vez por todas con esta lenta agonía.

Carlos de Urabá 2013
Amman-Jordania